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Rav Yehuda bar Ilay

Protagonistas del Talmud: R. Yehuda Bar Ilay

Continuamos presentando a los Jajamim que protagonizan las discusiones del Talmud y en esta entrega hablamos de Rav Yehuda bar Ilay, el dueño de un récord: ¡es el sabio más mencionado en la Mishná!


Taná de la cuarta generación activo en la ciudad de Usha, sus opiniones se mencionan 300 veces; su palabra era valorada en todo tipo de asuntos. Como Rosh HaMedaberim, "el primero entre los oradores", tenía el privilegio de hablar primero en cualquier reunión en la que se encontrara. Además, recibió un gran mérito: fue maestro de R. Yehuda HaNasí, el líder de los yehudim en su época.


Sin embargo, R. Yehuda era muy humilde, modesto y piadoso. De hecho, vivía en una situación de gran pobreza, a pesar de su posición de liderazgo en el pueblo.


Una anécdota acerca de su vestimenta muestra su relación con lo material:

R. Yehuda y su esposa vestían siempre con ropas viejas. Una vez, ella compró una tela de lana gruesa, y con ella fabricó un manto abrigado, al que decoró pacientemente con bordados. Era su única prenda de abrigo y de cierta elegancia, entonces ambos la compartían. Cuando ella salía al mercado se llevaba el manto, y él esperaba a que volviera para ponérselo y salir a la yeshivá. Sucedió un día que el Nasí declaró un día de ayuno y tefilá, pero R. Yehuda no asistió al minyián porque su mujer había salido, por lo que él no tenía vestimenta adecuada para salir. Cuando el Nasí se enteró, ordenó a una persona que le llevara vestimentas, pero R. Yehuda no las aceptó: no le interesaban los placeres materiales, estaba concentrado en la Torá. (Nedarim 49B)

Para R. Yehuda, la tarea de estudiar y transmitir la Torá conllevaba una enorme responsabilidad. Así advertía a sus alumnos:

"Sean cuidadosos en el estudio, porque un error puede llevar al pecado".

Aún más, decía:

"Un estudioso que se equivoca sin intención, es como si hubiera pecado a propósito. En cambio, una persona que no estudió y peca a propósito, es como si se hubiera equivocado sin intención".

Al mismo tiempo, R. Yehuda valoraba mucho a quienes llevaban adelante otras labores. Para él, un padre tiene que enseñarle un oficio a su hijo; si no lo hace, "es como un padre que le enseña a su hijo a robar". Incluso, él pensaba que era necesario llegar a un balance entre el estudio y los otros oficios, y que cada uno tiene sus beneficios y sus riesgos. Así lo explicaba:

"Elegir entre el estudio de Torá y otro oficio es como elegir entre dos caminos, uno hecho de fuego y el otro, de nieve. En uno podemos quemarnos, en otro congelarnos. Es necesario buscar un camino en el medio entre esos dos, y caminar con cuidado del calor y el frío".

Además, tenía claro que estudiar las mitzvot era muy importante, pero más importante era cumplirlas. Cada vez que había un matrimonio o un funeral, ordenaba a sus discípulos que interrumpieran su estudio y acudieran a acompañar a las familias.


R. Yehuda fue un alumno excepcional y un maestro querido, pero su vida no fue sencilla. Lo educaron su padre (el prestigioso R. Ilay), R. Tarfon (que lo quería mucho y lo llamaba "hijo") y el célebre R. Akiva, que también había sido maestro de su padre. Pero durante su juventud, el emperador romano Adriano logró reconquistar y destruir Yerushalayim, y R. Yehuda tuvo que esconderse durante un tiempo. Aún así nunca dejó de estudiar y en su edad adulta fue realmente un hombre feliz. Decían que su rostro era tan resplandeciente, que algunos creían que estaba borracho, pero él les respondía con una frase de Torá:

"La sabiduría del hombre ilumina su rostro" (Kohelet 8:1).

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