¿Podemos darle un gran susto a alguien para que el sufrimiento que ello le produzca expíe sus pecado


Página 70-a –“miedo”

La obra Ben Yehoyadá (Shabat 79:b) cuenta esta historia: Había un transgresor empedernido, a quien no le quedaban pecados por hacer, quien cierto día toma la decisión de arrepentirse.

De inmediato va con el Rabino, y le confiesa hallarse listo a que lo ejecuten por las cuatro mitot Bet Din para expiar sus pecados. El Rabino asiente y le indica que comenzarán por la pena de serefá (incineración). Le describe el procedimiento diciéndole que se debe introducir acero ardiente por la boca hasta que la persona muera. Pero la actitud del hombre no cambia.

El Rabino le añade lujo de detalles acerca de este tipo de ejecución. Pero el hombre insiste y le dice que la decisión está tomada. El Rabino trae un recipiente lleno de acero ardiente que delante del hombre caldea todavía más hasta dejarlo totalmente líquido, tras lo que le indica acostarse sobre el suelo. El hombre acata y con total determinación abre la boca sin moverse.

Sin embargo, el Rabino había enviado discretamente a su asistente a traerle un cucharón con miel. Con su diestra el Rabino toma el recipiente repleto de acero hirviendo y se acomoda para verterlo dentro del judío que aguardaba con la boca abierta, cuando en un rápido movimiento le introduce el cucharón lleno de miel. Y entonces el Rabino declara sar avonja vejatatja tejupar –“todos sus pecados están perdonados”. Pero la persona, atónita, empieza a gritar: “¡He pedido acero! ¡No miel!” El Rabino le contesta que al haber aceptado de todo corazón este castigo, ya no lo necesita. Y le añade que la prueba de que efectivamente fue así es que ni siquiera volteó su la cabeza. Pues, como explica el Shaarei Teshuvá (cuarto pórtico, 20), a quien comete la transgresión de jilul Hashem (profanación de Dios) ni la Teshuvá ni Yom Kipur le bastan, y la muerte es lo único que completa su expiación. Pero siendo que él se entregó incondicionalmente y se confesó, entonces una vez que experimentó el terror de la muerte consideramos que sus pecados fueron expiados. Pues ejecutarle en un caso como el suyo equivaldría a ejecutar un inocente (y así escribe la obra Emek Hamelej shaar tikune hateshuvá, capituló octavo, pág. 18).

Y la pregunta es ¿cómo es posible que algo así sea permitido? Y, más aún: ¿cómo es que el Rabino no temió que la persona muera de susto (siendo que sabemos que ello puede ocurrir en situaciones de miedo extremo)?

Habrá que decir que seguramente el Rabino conocía el carácter de la persona y, además, la robustez de su salud. Y, por lo tanto, sabía –o mejor dicho estaba seguro– de que estaba fuera de peligro. Y, por lo tanto, quien no esté completamente seguro de que no hay peligro involucrados, tiene prohibido hacer cosas semejantes.

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