¿Qué tipo de ladrón puede ampararse en el decreto hecho para beneficiar a quienes vuelven en teshuvá?


Página 94:a - “¿ezé ganav zakai lehenot mitakanat hashavim?”


En nuestra suguiá está explicado que en la generación de Rabí Yehuda Hanasí, los jajamím decretaron que no se debe aceptar dinero de un ladrón que volvió en teshuvá, debido a que si le exigimos devolverlo, cada vez que un ladrón vea la grandes sumas que debe reembolsar a las víctimas de sus robos, quizá desista de hacer teshuvá y siga robando.


¿Acaso tras este decreto de jajamím, todas las leyes concernientes a la devolución de guenevot y guezelot quedan anuladas? ¡Nada de eso! Y la razón es tema de discusión entre los rishonim. Según Rabenu Tam (Tosafot, 94:b, dibur hamatjil ‘bimé Rabí’), este decreto sólo se promulgó para la generación de Rabí Yehuda Hanasí. Otros rishoním discrepan –como escribe el Rosh (ver que ofreció dos explicaciones)–, y el Shulján Aruj establece (Joshen Mishpat, 366:1) que takanat hashavim fue decretada para todas las generaciones. No obstante, hay dos condiciones para que el ladrón pueda ampararse en ella: (1) que su deseo de hacer teshuvá sea genuinamente suyo, antes que le exijan el pago del robo. (2) que cargue con un largo “historial delictivo” (es decir, que las deudas generados por sus robos sean demasiado grandes).


El robo al jazán: Podemos entender mejor la definición y el propósito de este decreto de takanat hashavim, a partir de las numerosas responsas (Sheelot utshuvot) de los grandes de Israel en sus respectivas generaciones y que el Sheté Halejem reunió en su obra (31), tras un episodio ocurrido hace 300 años con un bandido muy astuto. Este engañó a muchos, y entre sus víctimas se cuenta el robo a un conocido jazán, después del cual escapó a España y se convirtió al cristianismo. Pocos días después del hecho, el pobre jazán falleció debido a la angustia que le produjo la pérdida de su capital, al tiempo que el bandido abandonaba España y se instalaba en una comunidad judía de otro país, donde, obviamente, ignoraban por completo lo ocurrido. Transcurrió un tiempo y un extranjero que pasó por esa comunidad reveló a sus miembros que había un malvado viviendo entre ellos. Pero el bandido consiguió calmar la indignación que en la comunidad se levantó al divulgarse sus fechorías. Se dejó crecer la barba, se sentó en el lugar menos importante de la sinagoga, hasta que después de un tiempo empezaron a autorizarle subir al Sefer Torá, y la gente fue olvidando el asunto.


Un día, en la víspera de Kipur, un judío que no era otro que el hermano del jazán fallecido, visitó esta comunidad. En medio de la solemnidad del kol nidré y ante sus incrédulos ojos, vio, mientras abrían el aron hakodesh, que el individuo que alzaba uno de los Sefrei Torá era ni más ni menos que el ladrón culpable de la muerte de su hermano. El hombre no se calmó hasta que se dirigió a los rabinos de la ciudad, pidiéndoles que dictaminen que nadie se relacione con este ladrón como si hubiera hecho teshuvá, mientras no regrese el dinero que robó y pida perdón en la tumba de su hermano.


Una parte de los rabinos de la ciudad opinó que esta persona no tenía obligación de regresar el dinero, pues podía ampararse en el decreto de takanat hashavim, debido a que este decreto fue promulgado precisamente para ladrones "pesados".


La deuda que se genera debido a un robo, no se anula automáticamente: Esta extraña historia fue enviada a varios de los guedolim de la generación, solicitándoles sus respectivas opiniones. Y todos sin excepción (los Rabanim de la ciudad de Berlín, el Yaabets, el Minjat Yaakov y otros) escribieron que si bien es cierto que este decreto fue promulgado para el ladrón, ¡en realidad fue hecho pensando en la víctima del robo! Es decir: la idea no es que el ladrón puede alegar que está exento de pagar este dinero a causa del decreto, sino que jajamím decretaron que la víctima del robo debe perdonar la deuda. Según esto, mientras no haya un perdón manifiesto por parte de éste, el ladrón seguirá debiéndole el dinero. Fuera de esto, los poskim escribieron que este decreto fue instituido para quien desea volver en teshuvá de verdad. Pero esta persona que pensó que disculpándose públicamente en la sinagoga iba a expiar todos sus pecados, es decir, incluso sin pedirle perdón al difunto jazán y a su familia, no es considerado alguien que ha vuelto en teshuvá. Y, en consecuencia, la takanat hashavim no se aplica a un caso semejante.


Hubo quienes añadieron que aunque este ladrón diga haber hecho teshuvá, no le creemos, a menos que tengamos pruebas tangibles de ello y de que ha aceptado cargar el yugo sus pecados. Pues aquí hay un serio agravante, que es que la primera cosa que este ladrón hizo fue convertirse al cristianismo, con lo que, fuera de sus hurtos, también había caído en la herejía.


Finalmente todos concordaron en que este bandido debía consolar y pedir perdón a la familia. Y cuando fuera claro que volvió en teshuvá completa, veshav venasá lo, vehú rajum yejaper avón. Debido a esta razón que indicamos, de que el decreto fue que la víctima perdone la deuda, el Sefer Jasidim (citado en el Shaj, Ibíd.) escribe que si la víctima debe dinero y no cuenta con lo suficiente para pagar sus deudas, él no está obligado a atenerse a este decreto de jajamím de perdonar al ladrón, pues al hacerlo estaría perjudicando a sus acreedores.

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